Vivir en un barrio saturado de hinchas de River tiene sus bemoles, más cuando alguno de los porteros y vecinos de las inmediaciones son acérrimos fans del club de las gallinas.
Cada lunes post-partido se refleja en el baldeo de la vereda: si
lo'miyo hicieron sufrir al rival llenándole la canasta de pepas, los gritos y cantitos de cancha comentando el partido al son de los chorros de las mangueras pueblan el aire desde las 6.25 a.m., y se prolongan por más de una hora entre
diversas manifestaciones verbales de alta sonoridad.
La diferencia de goles a favor de los de River siempre, pero siempre, incide en el horario de la manguereada: cuanto por más hayan ganado, más temprano empieza el jolgorio inter-porteril y los "
sooooooooy del miyoooooooo... sooooy del miyo sooooooooy... (etc.)". De hecho por lo general me entero quién ganó recién a la mañana siguiente, debido a las vociferaciones que me despiertan con alabanzas a tal o cual gol, jugador o proyecto de jugador, ya provengan desde la vereda o desde los pasillos del edificio (habitado obviamente por recalcitrantes fanáticos de las ponedoras, que gustan compartir su euforia con el resto del consorcio o buscan algún tipo de complicidad con el prójimo, aunque sean de Nueva Chicago).
Pero... otra cosa es si las gallinas pierden.
La manguereada empieza tarde. Y no solamente al día siguiente: durante los dos que siguen también, cosa de estar bien bien pero bien seguros de que el tema se desinstaló del todo de las conversaciones convencionales de vereda y ascensor, y así evitar la consuetudinaria gastada de ese otro porcentaje del entorno, habitado por sobradores bosteros hábiles en metáforas como "eeeeeeeeeeh qué vacunada les dimos, papáaaaaaaaajajajjajaaaaa...", o que se acercan oliendo el aire hacia su víctima al tiempo que enuncian "hay olor a pañal acá... hay que ir a cambiarseeeeeeeeeeejejejejeeeeeeee...".
Se ha sabido de
alguien que le dejó en el bolsillo superior de
otro alguien un tubito de pomada Manzán, mientras se iba silbando como si tal cosa hacia el trabajo, muy de traje y con el ataché en la mano luego de un domingo nefasto para los rojiblancos; también de
otro alguien más que volvió del mercado con una gallina lista para el puchero y alzándola hasta el nivel de los ojos de la víctima, hizo alusión a que si ayer se los habían comido crudos hoy tocaba comérselos cocinados.
Los de Boca serán menos, pero saben intervenir con agudeza cuando la oportunidad se los permite. Si bien nadie zafa de la gallinacidad del barrio, esto es bien aprovechado por los xeneizes que hacen de cada manzana un posible campo de gastada al ir pasando por edificios, kioscos, puestos de diarios, carnicerías y talleres de reparación de automóviles repartiendo fruta; nadie zafa tampoco de las manifestaciones fanáticas de los de River cada vez que ganan: como buenas gallinas, cloquean desde el amanecer que han puesto un huevo. O dos, o tres.
No soy ni de River ni de Boca, pero agradezco cada vez que los bosteros se las hacen ver negras a las gallinas: al día siguiente no hay gritos ni portazos ni cantos a las seis y media de la mañana a metros de mi cabeza. Hasta los autos andan más despacito.
Gracias xeneizes, mil gracias.
(acá el dibujito que va es el de un portero en diálogo con su esposa, aún ambos sin levantarse, en la que ésta le dice que ya es hora, que el bostero del 7º ya se debe haber ido a trabajar, que no hay peligro, que vaya de una vez a manguerear, a lo que su consorte responde "ah no no, todavía queda el del 3º, que seguro está esperando escondido en el hueco de la escalera!". pero ya saben que la rotring y yo nos miramos con respeto.)