Me ha tocado ser testigo de eso y bastante más: me ha tocado ser la única con la vista clavada en el plato o el vaso mientras otros cinco sujetos estaban tiqui tiqui tiqui sonriendo por haber leído vaya a saberse qué, o testigo de un "disculpame un segundito" para que alguien se tome el tiempo de responder a otro desde el chat personal de su teléfono o un mail laboral impostergable (?). Claro: soy la única que sigue con su Nokia 1100 y ya todos van por la versión nosecuánto de Blackberry, iPhone y Android.
Anthony Breznican, reportero de Entertainment Weekly, dice que basta con que una persona en una cena se disculpe y atienda su teléfono, para que todos los demás hagan lo mismo.
"En vez de continuar la conversación, todos sacamos los celulares para concentrarnos en ellos", dijo. "Por unos minutos todos se dedican a escribir mensajes. El grupo queda en silencio y todos nos involucramos en una gran competencia de pulgares, la lucha entre el hombre y la pequeña máquina. Luego pasa el momento, los BlackBerry y iPhones se guardan en sus respectivas fundas, y volvemos a ser humanos nuevamente".
¿Cómo nos sentimos? Básicamente como "comodines comunicacionales". El otro nos pone en el lugar que se le antoja porque tiene que hacer algo con su propio lugar dentro del flujo de datos de otros y con otros. Y uno tiene que aprender a improvisar sobre ese desplazamiento que sufre por parte de los demás... sobre todo si no tiene otro fifidubio con conexión como para distraerse. ¿Qué hace uno consigo mismo cuando es objeto de semejante ADD tecnológico? Yo aprendí a contar hilitos de servilletas, a buscar reflejos en vasos y vidrios e incluso, mejoré muchísimo la técnica del "pispeo por sobre el hombro" (que ya venía practicando en el subte para leer de queruza libros y diarios ajenos, incluso teléfonos) para ver por qué cuernos uno es menos interesante que lo que aparece ahí.
Y me he encontrado que no es que uno sea menos interesante, sino que sucede lo que continúa diciendo el artículo, que es esto:
Más allá del dispositivo, la pantalla ofrece una corriente de datos de mucha gente, por oposición al individuo que uno tiene al lado. Su correo electrónico, cuenta de Twitter, de Facebook y otros grupos sociales online ofrecen corrientes de datos de muchos individuos y uno puede escoger los más interesantes, a diferencia de lo que sucede con el ser humano aburrido con el que uno puede estar atrapado en una fiesta.Agregaría algo más a esto: son cuentas y espacios donde el mismo sujeto ha decidido estar, son parte de su propia creación de sí mismo. Eso de decidir qué, cómo y en dónde mostar qué cosas es la nueva manera de tatuarse en esta época -y como todos bien sabemos, al igual que un tatuaje, la permanencia del mensaje en la red también es permanente.
También hay un tipo de narcisismo específico que engendra la red social. Al atender y actualizar sus varios avatares, usted se asegura de estar junto a la gente más popular. Uno de los aspectos más seductores de los medios de tiempo real es saber lo que la gente piensa de uno. Las métricas de seguidores y respuestas ofrecen un índice siempre actualizado de los movimientos de la inestable divisa que es uno mismo.
La cuestión es que vamos a padecer el "desplazamiento ajeno" en tanto y en cuanto ese otro también necesite una confirmación de su propia existencia y valía por parte de terceros ya sea mirando en silencio lo que otros dicen, o respondiendo las demandas de otros, o simplemente generando contenidos para ser observados, aunque en algunos casos no puedan monitorear absolutamente las respuestas. Y eso no es algo "anormal" como podría parecerse: sin los aparatitos estos solemos hacerlo de otra manera, pero de esta otra, se hace bastante más evidente o por lo menos es la que viene utilizando la humanidad desde hace siglos para hacerse ver. Si el universo atencional se abre ofreciendo un hermoso abanico de posibilidades para ir a buscarnos en ellas, lo haremos.
¿Cuál es la ganancia de todo esto? ¿Es un modo de defensa? ¿Es un modo de afirmación de uno mismo? ¿Es más de la búsqueda perpetua de la propia imagen en los demás? ¿Es un modo infinito de estar abierto a las demandas ajenas -en el caso de quienes necesiten sentirse imprescindibles- y a la vez la llave absoluta para los que necesitan ejercer el poder sobre otros?
Remitámonos a frases más originarias de nuestra propia construcción subjetiva: "mamá, mirá! sin manos!". A veces se percibiría como que es lo único que estamos diciendo pero cada vez de diversos modos, con distintas herramientas y bajo distintos códigos.
+ No se olviden de leer la nota mencionada acá.







